Una tumba para la libertad de expresión (y otras libertades)

Gabunga

Hace tres días ocurría lo que para muchos profesionales de la comunicación, pero también artistas y ciudadanos en general, ha sido un atentado histórico contra la libertad de expresión. Doce personas, entre las que se cuentan varios periodistas y dibujantes, perdían la vida en la redacción del semanario satírico Charlie Hebdo. Los asesinos: tres fanáticos islamistas que, según coinciden varios expertos, habían recibido algún tipo de instrucción militar y de combate. Ahora además creemos saber que pertenecían a Al Qaeda. Para algunos esta noticia no fue una sorpresa, ya que los trabajadores habían sido amenazados en repetidas ocasiones por publicar caricaturas de Mahoma. Para otros era un repentino estallido de barbarie sin mayor explicación que la del fanatismo puro. Hoy, pasadas ya varias horas desde que sucediera, podemos pensar con más tranquilidad en lo ocurrido y dedicarnos a razonar en vez de buscar culpables.

El hecho de que tres jóvenes fundamentalistas se lien a tiros en la sede de una revista que se ha “reido” de su religión (y de muchas otras) es sin duda un caso aislado, que pocas veces ha visto y verá occidente, pero que quizás por ello conmociona aún más. En occidente solemos pensar que estamos demasiado avanzados para vivir una situación como la de ayer. Pensamos que hemos superado la censura, que vivimos en la tierra de las libertades, que somos LIBRES, y no es así. Los dibujantes y periodistas de Charlie Hebdo decidieron no autocensurarse a pesar de las amenazas. Por supuesto, fueron muy valientes y no todas las revistas han hecho lo mismo. Recordemos el caso de la rescatada portada del jueves en la que decían que iban a dibujar a Mahoma pero se habían “cagao”. No siempre es fácil tener el valor de continuar con tu punto de vista en defensa de la libertad de expresión, cuando sabes que estás entrando en terreno peligroso y que, por mucha protección que la policía te brinde, todo puede acabar muy mal. Así pudo terminar el también caricaturista danés Kurt Westergaard de Jyllands-Posten cuando después de caricaturizar al profeta sobrevivió a un intento de asesinato perpetrado en su propia casa. No es fácil ser valiente, no es fácil ser provocador y vivir para contarlo.  En estos momentos en los que el fanatismo islámico está más radicalizado que nunca, con el empoderamiento del Estado Islámico y la fuga de jóvenes que quieren combatir en sus filas, sin lugar a dudas, los valientes lo tienen muy complicado.

Por otro lado, no es ni mucho menos cierto que en occidente la libertad de expresión sea un derecho inviolable, y creo que esto debe quedar bien claro para no pecar de ignorantes. Lo que sí es cierto es que siempre se ha cohibido de una manera más sutil, que muchas veces no terminaba con recibir un balazo sino con perder el trabajo. La censura existe y existirá, la libertad de expresión está siempre en continua amenaza,  desde el momento en el que alguien es denunciado por escribir algo en su muro de facebook o su timeline de twitter, un recluta es expulsado del ejército por escribir un libro o un periodista es obligado a cambiar un titular. La libertad de expresión está siempre moribunda y deberíamos luchar mucho más por ella, cada día, y no solo cuando  sucede algo de estas magnitudes. Así mismo, deberíamos ser conscientes de que este es un problema que se da en  los países desfavorecidos y en guerra (los olvidados) cada día, cuando miles de personas mueren por no seguir una idea y por tener la suya propia. Lo  que pasó en París fue horroroso y perfectamente condenable, pero es un reflejo, una milésima parte de lo que sucede en otros países que no saben lo que es la democracia ni de lejos. Desde luego, todos mis pensamientos están con los 12 trabajadores de Charlie Hebdo, pero también con las 32 personas que murieron en Saná ese mismo día, víctimas de un horrible atentado que no ha tenido ninguna repercusión.

No voy a buscar culpables ni hablar de quien entrenó a los radicales. No. Eso se lo dejo a los libros de historia. No quisiera hablar del pasado, sino más bien del presente y del futuro que estamos creando con nuestra ceguera. Creo firmemente en la ignorancia, en la de esos hombres que perpetraban el atentado, que defienden una causa que no se sostiene a sí misma, cegados por un odio que no les corresponde y que es creado para separar a pueblos y sostenido por los ensalzadores de la violencia. Creo también en la ignorancia de occidente, que se lleva las manos a la cabeza cuando, como si de un gigantesco aparato humano se tratase, se deja llevar por la emoción y las lágrimas y la rabia y el sinsentido, y proclama como tantas veces la una lucha antiterrorista que vuelve una y otra vez a potenciar el odio entre culturas. La lucha contra el terrorismo debería significar siempre la lucha contra la violencia, no contra una raza, un pueblo, ni una creencia. Y es que la acción de estos hombres no la justifica ninguno de los grandes portavoces del islam, pero el odio al islam sí comienza a estar justificado por voces de intelectuales en toda Europa, que dan paso a un extremo de esos que se tocan con su opuesto y nos dejan en evidencia como asesinos proyectados, que no agarran un fusil en su vida, pero votan a aquel que manda tropas a países pobres para sembrar el caos y el odio.

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