Extractos. 1

Gabunga

 

Aunque hubiese estado cien años encerrada en aquella misma habitación siempre habría encontrado algo nuevo con lo que distraerme.

Esa estancia, tan pequeña como infinita, guardaba en sus rincones, bajo el polvo, escondidos a menudo, cientos de nuevos caprichos del desorden que invitaban a la procrastinación. No podía sino pensar en la infancia, en aquellos momentos en que sentada en el escritorio, sin apenas nada delante, intentaba concentrarme en los estudios, y repentinamente, un lápiz se convertía en un karateka y el flexo en una fortaleza impenetrable, y así la tarde de estudio quedaba rápidamente truncada una y otra vez sin que ni yo ni mis padres pudiéramos evitarlo, pues la imaginación es algo que por su maravillosa naturaleza nos supera en todos nuestros intentos de contenerla.

Viajaba a menudo con la mente a otros lugares que nunca tenían nada que ver con el lugar en que yo me encontraba. Esto era sin duda alguna causa de una infelicidad permanente por no poder apreciar el momento que uno vive y las oportunidades que la ciudad actual le brinda. Conocí durante mis primeros meses en Inglaterra a mucha gente así, y yo misma estaba adscrita a ese pensamiento de infelicidad por desubicación. Sin embargo este es uno de esos males que aunque uno mismo lo padezca solo es capaz de reconocerlo cuando lo ve en los otros, y así sentía lástima por todas esas personas que conocía que no habían encontrado su sitio y pensaban que era culpa de la ciudad en la que estaban y no de ellos mismos, y que yendo a vivir a algún lugar que prometía aventuras, pero solo en su imaginación, la situación se tornaría diferente.

Yo misma soñaba con ciudades cerca del mar, quizás desde que conocí a gente de Valencia, de Santander, Málaga o Barcelona, haciéndome consciente de que esas ciudades que parecen solo existir para las vacaciones, albergan de hecho a miles de ciudadanos que disfrutan de sus encantos durante los 365 días del año. Desde entonces solo pensaba en el mar, y creía firmemente que la gente que vivía en aquellos lugares era más feliz que yo, solo por el favor del clima. Esto no es ninguna tontería y ciertamente es un pensamiento que parece bastante lógico. Viviendo en Birmingham, en el centro de Inglaterra, uno no puede más que recordar con añoro el sol y el buen clima de España y la gracia de vivir, aunque no sea en el mar, en algún lugar en que la primavera y el verano existen y el sol sale prácticamente a diario.

Yo era una persona de paseos. Sola, preferiblemente, aunque desde que leyera En busca del tiempo perdido comencé a añorar también los paseos en familia, y recuerdo ahora con cariño la última vez que fuimos al cine mis padres, mi hermano Jaime y yo, cogidos de la mano. Y aunque solo fuera un paseo de 10 minutos de mi casa al cine, me parece a mí la viva imagen de la felicidad. Por suerte o por desgracia a Pablo no le gustaban los paseos, y esto me ponía en una tesitura complicada. Aunque me gustan los paseos, y los disfruto en solitario, a menudo agradecería la compañía de alguien aunque solo fuera para lanzarme por primera vez a las calles de una ciudad desconocida y establecer, junto con un acompañante, alguna especie de ruta que le diese sentido y rumbo a mis paseos futuros. Muchos días, que comenzaban con esa sensación de querer pasear, terminaban en casa por cansancio y, sobre todo, por las pocas ganas de pasear sola.

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